París, capital del chocolate

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Para los clásicos está el Infinitamente rose, con su fragancia fresca y su aroma a flores silvestres. En el otro extremo: el homólogo en Noir, creado para aquellos que aprecian los gustos fuertes. Los amantes de lo exótico encontrarán el placer en Ispahan: frambuesas y cacao con esencia de aceituna negra mientras que Lou es solo apto para los más atrevidos: una mezcla de negro puro con especias, jengibre y un toque picante. Absténganse los que estén a régimen o los enemigos del azúcar.

Para paladares golosos se han creado algunos de estos chocolates refinados. Capital del lujo, París lo es también de la excelencia chocolatera, a nivel de gusto y de bolsillo. Si Suiza es la cuna de la tableta, Francia tiene la patente de la exclusividad en este campo. Christophe Michalak, mejor pastelero del mundo en 2005, lo resume en una frease: “Vivimos una edad de oto, la de la repostería de autor, igual que existe la cocina de autor”. Artesanos del cacao como el propio Michalak, Pierre Hermè o Philippe Contincini han elevado la ciudad al Olimpo de las artes del bombón. Desde el tradicional macarrón francés, pasando por los delicados bombones o sus suculentos pralinés, los dulces de estos artistas son auténticas esculturas gastronómicas. Sus tiendas salpican las vías más prestigiosas de la capital, donde los turistas devoran con la mirada los escaparates.

“El Mogador – frutas de la pasión y chocolate con leche – es un clásico, aunque los turistas se decantan más por los tradicionales de chocolate o fresa”, señala una dependienta de la tienda de Pierre Hermè en Ópera. Se refiere al macarrón, dulce típico francés y una de las especialidades de esta firma repostera.

Nuevas texturas y sabores

Atrás quedó el chocolate con leche o la simple tableta de cacao con almendras. Ahora este manjar afronta nuevas texturas, gustos inimaginables: el aroma a lichis o a rosas, para los innovadores, o con fragancia a la oliva negra y a la flor de sal, para los que se atreven a mezclar dulce y salado. Clásicos – chocolate, caramelo, café o fresa – o más sofisticados – Creme brulée o el Caraquillo -, estas pequeñas delicias alcanzan cotas de sofisticación propias de una colección de alta costura.

Exquisito en sabor, estas delicatessen tienen su precio. El macarrón pequeño cotiza a 2 euros la pieza, mientras que el e talla XL se eleva a 4,5 euros. Los que quieran buen aprovisionamiento afrontarán los 85 euros que cuesta el kilo mientras que la caja de imprescindibles cuesta 17 euros y el cofre de iniciación, 58 euros.

Precios similares tiene darse un capricho en Fouquet, uno de los más reputados chocolateros de la ciudad. Este artesano apuesta por el cacao en bruto par degustar en tableta, en pequeñas rocas o en forma de bombón para los paladares más sibaritas. Puro placer. Sin adornos.

Estas chocolaterías no compiten sólo en calidad sino también en diseño. Exquisito por dentro y por fuera, algunas piezas son auténticas esculturas de cacao, derrotes de creatividad tallados a mano. Obras que se adaptan a los tiempos, estos días la tentación luce en los escaparates en forma de calabaza, murciélagos o bruja con escoba. Estas obras efímeras tienen, eso sí, los días contados. Desde las vitrinas sonríen al glotón maliciosamente, tentadoras, conscientes también de que ha sido creadas para morir en la boca del goloso.

Fuente: Expansión

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