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Pastelería Mallorca

viernes, 27 de enero de 2012

“Era mi destino, pero también ha sido mi elección”. El copyright de la frase –de las que podrían pasar a la posteridad en una película- es de Carmen Moreno, consejera y una de las propietarias de Pastelería Mallorca.

Ella pertenece a la tercera generación de la familia. A sus abuelos, Bernardino y María, les tocaron 35.000 pesetas en la lotería de 1930 y, un año después, decidieron montar una pequeña pastelería en la calle Bravo Murillo de Madrid. Ése fue el origen de un grupo, que ahora tiene más de 800 empleados y opera varios conceptos: doce tiendas, los Mallorca Café, los Sandwich Club y el catering.

Sus padres y sus tíos recogieron el testigo y ella, junto a sus hermanos y sus primos, continúa con el legado. “De pequeña quería ser una mujer empresaria. Luego, me casé y no pensé en dejar de trabajar. Cuando me preguntaban cómo lo iba a hacer yo respondía: Como lo han hecho todas las mujeres de mi familia”.

Tras 30 años de experiencia en el negocio, ahora ve como la cuarta generación se consolida. Su hijo Carlos es director de tiendas y la pequeña, Yolanda, ha descubierto que lo suyo es estar entre fogones, eso sí, entre los de Mallorca. “Existe un protocolo que exige a los más jóvenes de la familia tener una carrera universitaria y experiencia en otras empresas antes de entrar a trabajar aquí”.

Aunque reconoce que la memoria no es su fuerte, recuerda sus inicios y confiesa que, al principio, le pesó la etiqueta de hija de, pero que luego fue un orgullo. “Al final, en el trabajo debes demostrar que vales cada día. Se lidera por el conocimiento y por el ejemplo”. Lo dice con convicción, mientras mordisquea un cruasán, marca de la casa, en Mallorca Market y custodiada por fotografías familiares. “Me recuerdan tantos momentos con mi padre…Siempre que volvía de viaje probábamos los productos que había traído del extranjero. Y cuando viajábamos con él, visitábamos la pastelería típica antes que la catedral”. De él no sólo heredó los gustos culinarios, sino el lema de “aprender a disfrutar de la vida mientras trabajas”. Igual que de su abuela, “un ejemplo de tesón”.

Trabajar con su familia le resulta fácil por el cariño que le une a ellos. ¿Lo peor? “La dificultad de establecer jerarquías. A veces, los límites entre directivos y propietarios se desdibujan un poco”. En su báscula moral pesa más lo bueno y lo práctico. “Tenemos muy buena relación y muchas veces hacemos consejos-comida”. Ni hablar de la facilidad de los Moreno para llegar a acuerdos: “Es muy sencillo organizarse, a veces, se toman decisiones en el pasillo”. Lo de no tocar temas laborales en las reuniones familiares es otra historia. “El día que mi hijo empezó a trabajar aquí decidió independizarse. Reconozco que acertó”.

Carmen come casi a diario en los espacios Mallorca-“paso mucho tiempo en las tiendas porque me gusta organizar y delegar, pero también supervisar”- ¿Su producto favorito? “Me encantan los bombones y los panes de frutas. Aquí hay tanta variedad que nunca te aburres”.

Pregunta obligada: ¿Mallorca rima con selecto? “Queremos quitarnos la imagen de caro que algunos tienen de nosotros, porque no es real. Hoy en día comen y consumen clientes de todos los niveles sociales. Quien dice que Mallorca es caro no nos conoce”.

Hasta ahora el negocio sólo se ha desarrollado en la capital: “Creo que las empresas no tienen que crecer hasta el infinito. No queremos ser grandes, sino hacer bien las cosas”.

Ella tiene la sensación de haber hecho mucho y ya se imagina en un futuro, cuando se jubile: “Me veo en un mercadillo ibicenco vendiendo manualidades. Tengo claro el qué, pero no lo digo para no desmontar el negocio”.

Fuente: Expansión

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